jueves, 23 de junio de 2016

Dominación







Llevaba días esperando ese momento, los mismos que había tardado en arrancarle una cita, más cuando  desde el primer minuto los dos teníamos claro cómo acabaría el perverso juego de mensajes de ida y vuelta que habíamos intercambiado desde aquel primero y sumiso en su perfil.

Sus noches pasaban en casa de aquella de la que siempre decía aprendía a de nuevo a vivir, una “adorable”  anciana a su cuidado al lado de la que dejaba pasar las horas entre lecturas, sexo escondido, urgentes duermevelas y visitas a perfiles amigos en la red. La  abuela estaba ya en el segundo de los sueños, y el la se había puesto tan cómoda como solía y le permitía ese calor pegajoso de los primeros días de verano, leve camiseta de asas y braguita, pelo suelto y ventanas abiertas por las que colarse la brisa que apenas llegaba de la playa a la que dedicó toda la tarde. Sentada en el sofá camá cómplice tantas veces de sus sueños más húmedos en soledad, pantalla táctil entre las piernas, los brillos plateados del pelo se reflejaban con la escasa luz adivinada tras la entreabierta puerta del dormitorio. Nerviosa, por la mañana había recibido el último mensaje del cabrón que le había robado el sueño, y desde entonces deseaba verme aparecer por la terraza de la planta baja, una jodida mezcla de excitación nerviosa y miedo le recorría el cuerpo. Era inevitable, los mensajes de estos días estaban condenados a terminar con mi sexo entre sus piernas, lo sabíamos, pero aunque pensarlo le hacía excitarse tanto como ya casi no recordaba, el juego de sumisión y actitud dominante de las últimas horas la humedecía y desconcertaba al tiempo.

No podía concentrarse, afortunadamente la abuela dormía sin sobresaltos,comenzaba a notar como la braga se empapaba, húmeda y caliente; los labios se secaban y los pezones llamaban en el límite de su camiseta, duros de punta a base, mientras repasaba las imágenes que aquel hijoputa tenía en su página.

Hacía tiempo que la observaba desde el único oscuro de la habitación. Me había deslizado por la terraza, abierto la ventana a mi espalda, y contemplaba en silencio como la luz convertía en plata el reflejo de sus cabellos. Me acerqué despacio, en silencio; la noté intranquila, nerviosa, las piernas apretadas y la respiración acelerada. Llegué a su altura, hasta ella, una de mis manos aún temblando apartó el pelo de la base de su cuello, noté un escalofrío nervioso por su espalda mientras posaba suavemente los labios y mi lengua la humedecía; cerró los ojos notando beso y espasmos. La giré asiéndola por los brazos, llevando lasciva lengua al cielo de su boca. De un rápido movimiento la leve camiseta que apenas cubría sus durísimos pezones cayó al suelo, siendo entonces aquellas cumbres el objetivo de mis besos. Chupé, mordí, lamí, comí y retorcí hasta convertir los iniciales gemidos en jadeos de deseo nacidos de dentro. De un empujón la tumbé violento en el sofá, ya sin camisa arranqué a una mano la empapada braguita abriéndole sin resistencia las piernas y colocándolas sobre mis hombros y eran ya dedos labios y lengua los que la hacían mía al beberme su sexo. Robé entonces el delicioso y espeso néctar que sus piernas ya no aceptaban a contener; cuanto más mis dedos le abrían el coño, más caliente y mojada estaba ella y más flujo era el que me llenaba la boca. Noté sus uñas clavadas en la cabeza, cómo la apretaba, pequeños y violentos golpes de culo y cadera en la barbilla; anticipó el segundo y antes del tercero la giré de culo mientras ya pantalón y empapadísimo boxer estaban a la altura de mis rodillas.

"No", escuché de repente cuando ya mi dureza llamaba a la cerrada puerta de entre sus nalgas. Incorporándose, me agarró los huevos apretando con tal fuerza que me vi incapaz de reprimir un grito de dolor y placer sumiso mientras, aún sorprendido, entre susurros, los faros que me volvían loco se clavaron en mis ojos, Hizo ella entonces marca y límite de sus dominios advirtiéndome, "yo soy la que va a follarte ahora jodido cabrón". Apretando aún mis cargadas bolsas, la otra mano me agarró el mazo de la polla antes de metérsela por entero en la boca iniciando un dentro/fuera compulsivo. Cuanto más entraba en la boca, más dura estaba, yo más nervioso, bombeando tembloroso, acojonado más aún cuando llegada a su garganta allí permanecía unos segundos, aguantando ella la respiración para sacarla empapada en saliva y más y más gruesa. Sueltas las manos continué jodiéndole la boca ya fuera de control, el culo apretado, caderas empujando, marcando paso y ritmo y ya casi a punto de explotarle en la cara. No sería allí sin embargo donde derramarme, en cuanto ella notó como aquel mástil erecto se retorcía a punto de correrse, la llevó de nuevo al hondo de la garganta al tiempo que dos, cuatro, hasta siete latigazos casi le hacen echarlo todo tal y como entrara.

Aguantó, ni una sola gota de mi espeso semen se derramó fuera de donde ella quería tenerlo, dentro de la garganta, embriagando y quemando todo a su paso. Ni una marca en su piel fina, ni una gota que no estuviera de labios hacia dentro, la lengua aún blanca recogiendo lo que en mis últimos espasmos aún brotaba. Saliva y leche haciéndose una en la boca, en la suya primero y en la mía luego cuando en un beso largo, largo y azorado, sus manos de nuevo en mis huevos, la muy puta me susurrara al oído… 

"Comienzas a comprender, jodido cabrón, comienzas a comprender".